La consciencia artística es una herramienta clínica sumamente poderosa. Gracias a ella, el rol del terapeuta trasciende lo puramente analítico. Como acompañantes creativos, logramos «escuchar» el mundo del paciente tal y como es. De esta forma, evitamos establecer prejuicios, teorías sofisticadas o conceptualizaciones rígidas. En consecuencia, no nos detenemos en detalles puramente teóricos. Por el contrario, creamos un espacio de sanación único y seguro para cada individuo. Principalmente, lo creativo refiere a escuchar activamente el propio mundo interno del paciente.
Este mundo interno incluye sus palabras, gestos y grandes potenciales ocultos. También abarca su música favorita o sus artistas más admirados. Incluso, implica escuchar con respeto el mundo imaginario que el paciente ha creado. Frecuentemente, estas fantasías surgen para sobrevivir a la invalidación diaria. A menudo, son escudos contra el severo abuso familiar o el acoso escolar. Por ello, el rol del terapeuta es validar esta valiosa herramienta de supervivencia. Validar su creatividad fomenta una profunda confianza clínica inicial.
El caso de Rodolfo ilustra perfectamente esta dinámica terapéutica. Él es un adolescente de 13 años sumamente inteligente. Lamentablemente, fue diagnosticado con síntomas psicóticos y un comportamiento agresivo desafiante. Rodolfo creó a «Selena», su madre imaginaria protectora. Ella habitaba en el mundo pacífico de los «Akásicos». Cuando Rodolfo compartió sus dibujos y relatos libremente, comenzó a abrirse emocionalmente. Progresivamente, él reconoció su gran talento artístico. Ahora comprende que ese mundo imaginario lo ayuda a enfrentar el doloroso rechazo familiar y el abandono paterno.

El rol del terapeuta en la musicoterapia clínica
Específicamente, la práctica avanzada de la musicoterapia exige una gran preparación. Independientemente del estilo personal, estamos entrenados para desplegar una alta destreza técnica. Además, necesitamos madurez musical, intuición y muchísima sensatez clínica. Ciertamente, estos factores conforman la consciencia artística necesaria para intervenir acertadamente. Con nuestra actitud positiva, contagiamos al paciente para que explore libremente. Al mismo tiempo, el rol del terapeuta implica una constante auto-indagación profesional. Debemos percibir quiénes somos y cómo desempeñamos nuestra práctica diaria.
Nuestro riguroso entrenamiento conlleva experiencia clínica, formación académica y reflexión profunda. Esto provee total nitidez a la compleja situación clínica de cada paciente. Descuidar cualquiera de estos factores sería una negligencia irresponsable. El histórico caso de Edward demuestra el impacto de esta rigurosidad. Él era un niño no verbal en silla de ruedas. En su primera sesión, lloraba desconsoladamente rehusándose a entrar al consultorio. Paul Nordoff comenzó a tocar el piano improvisadamente. Mientras tanto, Clive Robbins acercó al niño al espacio terapéutico.
Nordoff improvisó utilizando magistralmente los elementos musicales del llanto de Edward. Destacó la intensidad fuerte y los glissandos ascendentes del niño. El primer contacto visual ocurrió cuando Edward se sintió atraído por la música. Sorprendentemente, su llanto caótico cambió a un llanto totalmente intencionado y musical. Nordoff utilizó técnicas de empatía e imitó el llanto de Edward con su hermosa voz. Luego, Edward comenzó a interactuar vocalmente con el piano. Finalmente, la ansiedad del niño cesó por completo. Su llanto desgarrador se había convertido en un hermoso canto.
Prevenir la re-traumatización
Paul Nordoff explicó su brillante estrategia clínica de una manera muy clara. Su impulso inmediato fue trabajar directamente con el llanto de Edward. El miedo, la rabia y el caos emocional eran normales en la vida del niño. Por consiguiente, Nordoff aceptó estas manifestaciones como una realidad expresiva válida. Así, compaginó la intensidad emocional infantil con las dinámicas de la improvisación acústica. La música terapéutica generada adquirió un profundo significado personal para Edward. En conclusión, el rol del terapeuta requiere una mente técnica muy dispuesta y abierta.
Frecuentemente, las niñas, niños y adolescentes no padecen su diagnóstico psiquiátrico directamente. En realidad, padecen la profunda raíz traumática que lo genera de forma invisible. Por ello, indagar bajo un sistema creativo es sumamente sutil y respetuoso. Principalmente, este abordaje minimiza de forma efectiva la peligrosa re-traumatización clínica. No es igual interrogar rígidamente que escribir relatos para proyectar el sufrimiento. Por lo tanto, es fundamental permitir que el paciente aporte sus propios elementos. Así sentirá que su propia voz importa en el proceso.
El potencial innato de cada paciente es nuestro mayor medio de conexión. A través de él, establecemos una relación clínica verdaderamente significativa y duradera. Estos pacientes nos conceden el valioso paso a sus mundos protectores internos. Crean estos universos para manejar traumas que sus sistemas nerviosos no toleran. En consecuencia, el rol del terapeuta requiere nutrir constantemente nuestro propio ser creativo. Debemos subsanar deficiencias técnicas o personales rápidamente. Así evitamos ser terapeutas atrofiados y mantenemos viva nuestra gran inspiración sanadora.